La vida es una cadena de instantes. Algunos de esos momentos son tristes, aburridos o inciertos pero los otros, los buenos, cuando son mas, mas intensos y reconfortantes, inclinan la balanza hacia la felicidad.

Todo el mundo habla del instante en que se ve por primera vez un hijo. Es un momento mágico en el que uno se conecta con ese diminuto ser, indefenso y todo ternura que lleva una parte de ti. No creo ni imaginar lo que siente una mami cuando ve, esa cosita que llevaba dentro, por primera vez.

Pero yo recuerdo el día que fui a conocer mi primera hija. La noche anterior mi esposa había hecho trabajo de parto en la casa y solo hasta que salió el sol nos fuimos para emergencias y justo una hora después de haberla ingresado a la clínica nació mi hija. La tuvieron en recuperación por dos horas y después la llevaron a una habitación, una vez allí me autorizaron para verla.

Cuando llegue y las vi, la Goyita (como le digo a mi esposa) estaba observando el bebe con una inmensa ternura. le sonreía y acariciaba las manitas absorta, embelesada. Cuando noto mi presencia torno su mirada hacia mi con sus hermosos ojazos verdes muy abiertos. Y entonces me sonrío con una sonrisa, amplia y limpia. Esta imagen quedo grabada en mi mente para siempre aunque fue solo un instante. Y la amé por ello.

Ella era casi una adolescente, pero su vida se transformó drásticamente. Ya no éramos una pareja sino una familia y entonces se oyó en nuestra casa la palabra, mama.

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